POLÍTICA (Aristóteles)


Todo Estado es, evidentemente, una asociación, y toda asociación no se forma sino en vista de algún bien, puesto que los hombres, cualesquiera que ellos sean, nunca hacen nada sino en vista de lo que les parece ser buen ser bueno. Es claro, por tanto, que todas las asociaciones tienden a un bien de cierta especie, y que el más importante de todos los bienes debe ser el objeto de la más importante de las asociaciones, de aquella que encierra todas las demás, y a la cual se llama precisamente Estado y asociación política. No han tenido razón, pues, los autores para afirmar que los caracteres de rey, magistrado, padre de familia y dueño se confunden. Esto equivale a suponer que toda la diferencia entre éstos no consiste sino en el más y el menos, sin ser específica; que un pequeño número de administrados constituiría el dueño, un número mayor el padre de familia, uno más grande el magistrado o el rey; es de suponer, en fin, que una gran familia es en absoluto un pequeño Estado. Estos autores añaden, por lo que hace al magistrado y al rey, que el poder del uno es personal e independiente, y que el otro es en parte jefe y en parte súbdito, sirviéndose de las definiciones mismas de su pretendida ciencia. Toda esta teoría es falsa; y bastará, para convencerse de ello, adoptar en este estudio nuestro método habitual. Aquí, como en los demás casos, conviene reducir lo compuesto a sus elementos indescomponibles, es decir, a las más pequeñas partes del conjunto. Indagando así cuáles son los elementos constitutivos del Estado, reconoceremos mejor en qué difieren estos elementos, y veremos si se pueden sentar algunos principios científicos para resolver las cuestiones de que acabamos de hablar. En esto, como en todo, remontarse al origen de las cosas y seguir atentamente su desenvolvimiento es el camino más seguro para la observación. (Fragmento del libro primero titulado "De la sociedad civil. De la esclavitud. De la propiedad. Del poder  doméstico").

METAFÍSICA (Aristóteles)


Los catorce libros aristotélicos editados tradicionalmente bajo el título de Metafísica no forman un tratado unitario y sistemático, sino una serie de escritos independientes que serían posteriormente agrupados, en parte por Aristóteles mismo y definitivamente por peripatéticos posteriores hasta dar lugar a la forma en que actualmente conocemos la Metafísica. Se trata, sin duda, de un conjunto de materiales que no estaban destinados originalmente a su publicación, sino a servir como soporte para la enseñanza. Por lo general, y con algunas excepciones que posteriormente se señalarán, cada libro presenta el contenido específico de un curso o ciclo de lecciones. Cada uno de ellos constituye un «logos», un «méthodos»: hoy podríamos decir que en cada «logos» o «méthodos» se aborda y expone un «núcleo temático» bien definido. Muy posiblemente la lectura de estos textos serviría de base para las «lecciones» dé Aristóteles sobre los temas filosóficos correspondientes. Esta peculiar naturaleza de los libros que, en su conjunto, componen la Metafísica plantea al lector y a la crítica no pocos problemas, a la vez que permite comprender más adecuadamente ciertas características de los mismos y de la Metafísica en su totalidad. Por lo pronto, y a pesar de su afinidad temática, un libro —o un conjunto de libros— de los que actualmente componen la Metafísica podía constituir un curso con su propio planteamiento y con su propio punto de partida que no tiene por qué conectar con lo expuesto en el libro que le precede en la ordenación actual. Además, y en segundo lugar, queda abierta la posibilidad de que la redacción de unos libros y otros no corresponda a una misma época de la vida y de la docencia de Aristóteles. En tercer lugar, y puesto que se trata de materiales utilizados reiteradamente para la docencia en sucesivas ocasiones, resulta perfectamente razonable suponer que el propio Aristóteles introduciría retoques en los mismos al volver sobre ellos, añadiendo o quitando pasajes e, incluso, alterando el orden de su tratamiento. (Fragmento de la introducción escrita por Tomás Calvo Martínez).

ACERCA DEL ALMA (Aristóteles)


Resulta, sin duda, necesario establecer en primer lugar a qué género pertenece y qué es el alma —quiero decir, si se trata de una realidad individual, de una entidad o si, al contrario, es cualidad, cantidad o cualquier otra de las categorías que hemos distinguido— y, en segundo lugar, si se encuentra entre los seres en potencia o más bien constituye una cierta entelequia. La diferencia no es, desde luego, desdeñable. (Acerca del alma I, 1, 402a23-27.). Es costumbre de Aristóteles (costumbre, por lo demás, tan estimable como poco común) comenzar una obra ofreciendo la enumeración de todas aquellas cuestiones con que habrá de enfrentarse a lo largo de toda ella. Un índice semejante de cuestiones existe también en el tratado Acerca del alma. La breve cita que encabeza este apartado de nuestra Introducción recoge precisamente aquellas líneas con que se abre la relación de los problemas a tratar. De acuerdo con el programa expuesto en estas líneas, la cuestión fundamental y que ha de abordarse en primer lugar es «a qué género pertenece y qué es el alma». Tal afirmación implica que Aristóteles no se plantea de modo explícito el problema de si el alma existe o no: su existencia no se cuestiona, sino que se pasa directamente a discutir su naturaleza y propiedades. El lector de hoy sentirá seguramente que su actitud ante el tema se halla a una notable distancia del planteamiento aristotélico y considerará que la verdadera cuestión a debatir no es la naturaleza y propiedades del alma, sino la existencia misma de una realidad de tal naturaleza y propiedades. El horizonte dentro del cual Aristóteles debate el problema del alma difiere notoriamente del horizonte intelectual en que se halla instalado el lector moderno en virtud de diversas circunstancias históricas de las cuales tal vez merezcan destacarse las dos siguientes: las connotaciones religiosas asociadas a la idea de alma y la decisiva influencia ejercida por el Cartesianismo sobre la psicología metafísica a partir de la modernidad. (Fragmento de la introducción escrita por Tomás Calvo Martínez). 

APOLOGÍA Y FLÓRIDA (Apoyuelo)


La vida de Apuleyo, una de las personalidades más complejas, originales e inconfundibles en el panorama de las letras latinas, se nos muestra con rasgos nítidos y precisos en algunas de sus facetas. En cambio, en otras sólo disponemos sobre ella de algunos datos fragmentarios e incompletos, que han permitido forjar las más fantásticas y variada.5 conjeturas sobre este misterioso y fascinante personaje, a quien se considera como la figura más representativa del espíritu de su siglo. Dejando a un lado las tradiciones tardías, poco fiables, es el propio Apuleyo quien nos aporta los datos más fidedignos y verosímiles sobre sí mismo, en especial en sus obras Apología, Flórida y, con menos profusión, en sus tratados filosóficos. En cambio, hemos de utilizar con ciertas reservas las Metamorfosis, su obra más famosa, como fuente de información biográfica. Es cierto que muchos de los rasgos que configuran a Lucio, protagonista que narra en primera persona sus extrañas aventuras, podrían estar de acuerdo con los de Apuleyo, en especial los que nos lo muestran al final de la obra, en donde: el autor va progresivamente tentación de considerar esta novela como una autobiografía, ya que en ella es muy difícil establecer una frontera entre la realidad y la ficción. Por ello, sólo hemos de considerar como válidos aquellos datos que están corroborados por otras fuentes. (Introducción escrita por Santiago Segura Munguía).

FRAGMENTOS DE ÉPICA GRIEGA ARCAICA


Homero y Hesíodo han pasado a la historia de la literatura como los dos creadores cimeros de la épica griega. Su gigantesca personalidad ha contribuido no poco a oscurecer el resto de la producción épica helénica de su época. Si bien es cierto que fue probablemente la diferencia de calidad el motivo de que se nos hayan conservado completos poemas como la Ilíada, la Odisea, Los Trabajos y los Días y la Teogonia, frente al naufragio de las demás epopeyas, vaya por delante que esta diferencia de calidad se midió de acuerdo con los gustos estéticos de unas determinadas épocas, las épocas decisivas que rescataron, copiándolos, ciertos textos y dejaron caer en el olvido al resto, y esos gustos no tienen por qué coincidir con los nuestros. En todo caso, la investigación moderna sabe que Homero y Hesíodo no fueron genios aislados, creadores de los poemas de principio a fin, sino que se apoyaban en una tradición oral multisecular, que los antecede y los continúa, y que fue configurando una dicción formular, hecha a base de segmentos de versos formularios, que se repiten siempre para aludir a un determinado personaje (del tipo de Aquiles, ligero de pies), o ciudad (la arenosa Pilo), u objeto (las cóncavas naves), incluso procesos (y éstos, cuando ya estaban cerca, al marchar el uno contra el otro), así como fue configurando un repertorio de escenas típicas, todo ello para ayudar a la prodigiosa memoria de los aedos en su esfuerzo de recordar millares de versos sin la ayuda de la escritura. (Fragmento de la introducción de la obra escrita por Alberto Bernabé Pajares).