TRATADOS DE LÓGICA (Aristóteles)


Como es sabido, los títulos de las obras reunidas en el Corpus Aristotelicum se deben, por lo general, a los recopiladores y editores antiguos, en particular a Andrónico de Rodas. Por lo general, designan con propiedad el contenido de la obra (hay alguna clamorosa excepción, como la Metafísica...). En el caso del organón, nombre genérico que designa globalmente las obras de lógica, la tradición es algo más reciente, pero no por ello la designación resulta menos atinada. 
En efecto, las seis obras que lo Componen (Categorías, Sobre la interpretación, Analíticos primeros, Analíticos segundos, Tópicos y Sobre las refutaciones sofisticas) forman un conjunto de enunciados analíticos, no ubicables en ninguno de los espacios epistémicos que el propio Aristóteles delimita en sus obras teoréticas, a saber: física, matemática, teología. No son, pues, objeto de conocimiento filosófico. Y no lo son siquiera en cuanto orientación propedéutica para el que busca iniciarse en filosofía. De ahí que sea justo no haberles adjudicado el título de Introducción, de Eisagoge (justeza que se le escapó a quien, como Porfirio, veía el mundo de lo lógico, a través de su cosmovisión neoplatónica, como Lógos sustantivo, emanación de lo Uno elevado a categoría ontológica fundamental). (Fragmento de la introducción escrita por Miguel Candel Sanmartín).

LA DOCTA IGNORANCIA (Nicolás de Cusa)


La Docta Ignorancia es la obra capital de Nicolás de Cusa, y en los tres libros que la componen, dentro de una gran concisión y brevedad, se tratan los temas de Dios, el Universo y Jesucristo. Es decir, del ser máximo considerado absolutamente, el ser máximo contraído en la pluralidad de las cosas y, por último, el ser máximo en cuanto absoluto —Dios— y a la vez contraído —hombre—. Todo el proceso discursivo de Nicolás de Cusa se apoya en una concepción perfectamente delimitada del conocimiento humano. Ya el título de la obra indica, cuál es el principal punto de apoyo, partiendo del cual De Cusa edificará su construcción metafísica. Sin embargo, la concepción gnoseológica de Nicolás de Cusa se apoya a su vez en na concepción metafísica. Un inicial concepto de Dios determina el ámbito de la cognoscibilidad humana. La formula de San Anselmo está latente en todas las páginas de La Docta Ignorancia. Hay un ser (el máximo) mayor que el cual no puede haber otro. De esta primera afirmación se pasa a la delimitación del campo del conocimiento. El máximo es uno (no es posible la existencia de dos seres máximos) y es absoluto (no está ligado por nadie ni enfrentado con nada, en caso contrario se relativizaría y serla contradictoria la noción de absoluto que le adscribimos).  Establecido esto veamos algo relativo al conocimiento. Nos damos cuenta de que hay un universo. Este universo es finito, mientras que el máximo absoluto es infinito. El infinito no guarda ninguna proporción con lo finito. Lo infinito no es susceptible de más o de menos. Por el contrario, lo finito si lo es. No hay ningún ser finito, desde el momento en que puede recibir más y menos, que pueda considerarse rigurosamente igual a otro, pues siempre será posible una infinidad de seres aún más próximos a la igualdad con el primero. (Fragmento del prólogo de la obra escrito por Manuel Fuentes Benot). 

FIGURAS E IDEAS DE LA FILOSOFÍA DEL RENACIMIENTO (Rodolfo Mondolfo)


Cuando presenté, en 1947, mi libro Tres filósofos del Renacimiento, expresé en el prólogo mi confianza en que los muchos amigos de la filosofía y la cultura, con que cuenta América latina, pudiesen interesarse por las figuras de Bruno, Galileo y Campanella, sobresalientes en la luminosa época renacentista. Agotada ahora esa edición, la confirmación, dada por e
l hecho a mi esperanza, me alienta a agregar a los ensayos de entonces, revisados y ampliados en base a nuevos documentos y estudios, cuatro nuevos, sobre puntos y aspectos de la misma época, que me parecen de no menor importancia: Leonardo teórico del arte y de la ciencia; La idea de la cultura en el Renacimiento italiano; El Renacimiento italiano y la filosofía moderna; El método galileano y la teoría del conocimiento. Mi libro se presenta, por lo tanto, duplicado con respecto a la edición anterior, y con título modificado para responder a su nuevo contenido; pero permanece invariada mi esperanza de que pueda seguir interesando al público, tal como en su primera edición. (Prólogo de la obra escrita por Rodolfo Mondolfo).

LAS PASIONES DEL ALMA (René Descartes)


Aun habiendo declarado inequívocamente haber atendido menos los temas metafísicos que cuestiones de tipo moral, estamos habituados a reconocer el contenido nuclear de la filosofía de René Descartes (1596-1650) en ese universal buen sentido cuyo atinado uso exige la sujeción insoslayable a un método que, mediante una cautelar duda radical, permite hallar esa primordial verdad del pienso, luego soy. Es posible que una tan frecuentada imagen, la del «pensador de profesión y maestro de pensar» o de «el ingeniero y el mecánico de su intelecto», haga que a más de uno le resulte extraño el ver al "iniciador de la filosofía moderna" como "teórico de las pasiones". Extrañeza expresable, en toda su amplitud y radicalidad, mediante interrogantes similares a los siguientes: ¿Qué preocupaciones pudieron llevar al “padre del racionalismo” a ocuparse de las pasiones, las cuales parecen ser, no sólo “lo otro”, que la razón, sino “lo irracional” por antonomasia?; por tanto, ¿cuáles pudieron ser las advenedizas inquietudes que hicieron al pensador que cimentó todo saber y hacer verdaderos en la racionalidad humana interesarse por unas inmediatas inclinaciones naturales, ajenas y opuestas a la misma naturaleza humana?, ¿cuáles fueron las imprecisas intenciones por y con ls que escribió un tratado sobre esos infirmes sentimientos del alma que no proceden de la íntima estructura racional del ser humano?; y, en consecuencia, ¿acaso no resulta impropio, si es que no destinado, un texto como el de “Las pasiones del alma” en el conjunto de la obra cartesiana? (Fragmento del estudio preliminar de la obra escrita por José A. Martínez Martínez). 

FÍSICA (Aristóteles)


Casi todos los tratadistas de Aristóteles insisten, hasta la saciedad, en que la Física
aristotélica no ha de entenderse en el sentido moderno de la palabra. ¡Por supuesto! Cada teoría es propia de su tiempo y cristalización de los problemas y preocupaciones epocales. Y todos insisten en que hay ciencias actuales que se reconocen más en sus precedentes griegos (por ejemplo, las matemáticas, la geometría, la estatuaria, la medicina, el análisis de los comportamientos humanos, es decir, la ética y la política, etc) que la física. Sólo en parte es cierto, y hemos de formular una escencial matización: los presocráticos, Platón y
Aristóteles intentaron comprender y describir el universo; tal y como sucede ahora, sólo que la cosmovisión que los griegos tenían era distinta a la nuestra. El pensamiento ha evolucionado de la Unidad - Totalidad del mundo griego a la parcialización de las ciencias en la actualidad. ¡Es inevitable! El tiempo transcurre, las técnicas y teorías se perfeccionan, la unidad se disgrega, pero porque no hay ningún científico que pueda abarcar la totalidad desde las parcialidades. Eso intentó el circulo de Viena. ¡Pero el problema es social y político! Cada investigador se debe, todo el tiempo, a sus empresas que investigan aspectos concretos y parciales que proporcionan locales e importantísimas rentabilidades económicas. (Fragmento de la Introducción a la Física escrita por Gillermo R. de Echandía).