LOS ELEMENTOS DEL DERECHO NATURAL (G. W. Leibniz)

                                                                                                                                            
Esta obra de Leibniz esta dividida en seis partes, interdependientes e interrelacionadas. El propio autor agrupa esas seis partes en tres apartados: a la primera la titula «Observaciones»", las partes segunda y tercera tienen el título de «Anotaciones críticas», y a las partes cuarta, quinta y sexta les da el título de «Elementos del Derecho Natural»13. Puede decirse que la obra propiamente leibniziana queda plasmada en las tres últimas partes, y que estas son el resultado de esa manera de escribir casi circular que siguió Leibniz a lo largo de toda su vida, comenzando por redactar los textos y sus comentarios a los mismos en la mitad de un folio dividido en dos partes, añadiendo ideas en tiempos sucesivos a dicho texto y a estos mismos textos, y uniendo estas notas sucesivas al texto original mediante líneas, de tal manera que los manuscritos leibnizianos forman una suerte de circunferencia, aunque incompleta, con sus diversos añadidos. La primera parte es la más breve, y en ella muestra los textos de. Hugo Grocio que le sirven de inspiración y pretexto. Estos textos pertenecen todos ellos a los Prolegómenos de la obra del holandés titulada De jure neili ac pacis, y son transcritos por Leibniz de forma casi textual. Esta primera parte cumple la función de introducción, que sitúa en un plano determinado el debate acerca de las fuentes del derecho, del naciente derecho de gentes. En ella se plantean dos posturas contrarías en lo originario: el iusnaturalismo greciano, que fundamenta el derecho natural y su concepto último, la justicia, en la naturaleza humana, y el leibniziano, que se cimenta en Dios. Ahora bien, esta postura leibnizia- na pretende ser superadora de las de Grocio y Hobbes M. En esta primera parte sostiene Leibniz que el iusnaturalismo greciano desemboca en el absolutismo de Hobbes, al sostener la existencia de lo justo aun en el caso de no existir Dios, porque entonces «la causa de la utilidad ajena radica en el daño propio»; además, sería una necedad sostener la existencia de lo justo y su obligatoriedad ante la inexistencia de una vida futura. (Fragmento del estudio preliminar de la obra escrito por Tomás Guillén). 

Descargar

EN BUSCA DE LA MEMORIA (Eric Kandel)


La comprensión de la mente humana en términos biológicos se ha transformado en la tarea científica fundamental del siglo XXI. Queremos entender la biología de la ercepción, el aprendizaje, la memoria, el pensamiento, la conciencia, y también los límites del libre albedrío. Hace apenas unas décadas era inconcebible que los biólogos estuvieran en condiciones de analizar estos procesos mentales. Hasta mediados del siglo XX, era imposible contemplar con seriedad la posibilidad de que la mente, el conjunto de procesos más complejo del universo, pudiera revelar sus secretos más recónditos en el análisis biológico y, menos aun, en el nivel molecular. Los espectaculares progresos de la biología en los últimos cincuenta años nos permiten plantearnos hoy esos interrogantes. En 1953, James Watson y Francis Crick descubrieron la estructura del ADN y, con ello, revolucionaron la biología y aportaron un marco intelectual para entender cómo la información contenida en los genes controla el funcionamiento de la célula. Se comprendió entonces cómo están regulados los genes, cómo producen las proteínas que determinan el funcionamiento de las células y cómo el desarrollo habilita y bloquea genes y proteínas para establecer el plan general de un organismo. Una vez producidos estos avances extraordinarios, la biología pasó a ocupar un lugar de privilegio en la constelación de las ciencias, junto con la física y la química. Con conocimientos flamantes y una nueva confianza, los biólogos volvieron su atención a la meta más alta: la comprensión biológica de la mente humana, empresa en pleno desarrollo hoy aunque alguna vez fue tildada de precientífica. En realidad, cuando los historiadores contemplan la travesía intelectual de los últimos dos decenios del siglo XX, subrayan probablemente con sorpresa que las iluminaciones más valiosas sobre la mente no surgieron de las disciplinas que tradicionalmente se ocupaban de ella –la filosofía, la psicología o el psicoanálisis– sino de su combinación con la biología del cerebro, síntesis que cobró impulso en los últimos años con los espectaculares avances producidos en la biología molecular.Ha surgido así una nueva ciencia de la mente que recurre a la poderosa biología molecular para estudiar los misterios de la vida que aún se nos ocultan. (Fragmento de la Introducción de la obra escrita por Eric Kandel).

LA CIUDAD DE DIOS (San Agustín)


Del mismo modo que un cuerpo humano minado por la vejez llama a las enfermedades, así el  Imperio Romano, a fines del siglo IV, llamaba a su seno a los Bárbaros. Y vinieron, en efecto: y llegaron, no sólo como estaban todos habituados a verlos antaño, es decir, como soldados más omenos encuadrados, sino por tribus enteras, con mujeres y niños, con carromatos, carretas de bagajes, caballerías de reserva, animales y rebaños. El término exacto para designar aquel fenómeno, mucho más que la palabra española invasión, que hace pensar, sobre todo, en la entrada de un ejército en un país, sería el alemán Völkerwanderung, migración de pueblos. Lo que el universo mediterráneo había conocido más de mil años antes de nuestra Era, cuando los invasores arios, griegos y latinos, habían asaltado los viejos imperios, volvió a reproducirse a partir de fines del siglo IV. Uno de los episodios que mayor trascendencia tuvo y que más conmoción causó en el seno del Imperio fue el saqueo de Roma por las tropas de Alarico en el año 410. Acontecimiento terrible, que depositó un dejo de tristeza aun en los espíritus más firmes, aunque no fue totalmente inesperado. El propio San Agustín se sintió profundamente conmovido. Llevaba en el corazón el destino del Imperio, por lo ligado que lo creía al destino de la Iglesia. Dos años antes había sabido con gran consternación, por una carta del presbítero Victoriano, cómo los vándalos habían invadido la infortunada España y cómo habían incendiado sistemáticamente todas las basílicas y asesinado, casi sin excepción, a cuantos siervos de Dios pudieron capturar. (Fragmento de la Introducción de la obra escrita por Francisco Montes de Oca). 

¿PORQUÉ FILOSOFAR? (Jean-Francois Lyotard)


Por un conjunto de razones obvias, las tradiciones filosóficas tienen un carácter mucho menos definitoriamente «nacional» que las literarias. Y podría incluso defenderse sin excesiva arbitrariedad que en esta coyuntura de «planetarización » carece ya de todo sentido el recurso, a propósito del pensamiento, filosófico o no, a tales señas de identidad. Con todo —y sin que ello equivalga a conceder demasiado juego a identificaciones tan globales como la propuesta, pongamos por caso, por Heidegger entre la capacidad de conceptuación filosófica y el genio griego y alemán—, no deja de resultar asimismo cierto que las producciones filosóficas deben algunos de sus rasgos más profundos a las culturas, en sentido lato, en las que en última instancia hunden sus raíces. Piénsese, por ejemplo, en el caso tópico del pragmatismo americano. Sea como fuere, cualquier posible empeño de calibrar a esta luz la versatilidad, el sentido de la novedad constante y la capacidad de sugestión «mundana» de la filosofía francesa de nuestro siglo —por entrar ya en lo que aquí nos importa— nos llevaría muy lejos. Limitémonos, por tanto, en esa provisionalidad en la que siempre hay que moverse,, a subrayar una vez más dicha fuerza de sugestión, inseparable de la bien conocida atención del mundo cultural francés a las grandes cuestiones del presente. O, más enfáticamente, a los fines esenciales de la razón humana —fines, a lo que parece, harto huidizos y aún cambiantes—, esos fines de los que hablaba Kant a propósito de los quehaceres de la «filosofía mundana ». (Que en el país vecino siempre ha vivido en metabolismo más o menos fiel, todo sea dicho, con la filosofía «académica», excelentemente cultivada asimismo en él.) Y situemos en ese reino a Jean-Francois Lyotard. (Fragmento de la Introducción, escrita por Jacobo Muñoz).

CRÍTICA DE LA RAZÓN PRÁCTICA (Immanuel Kant)


Sin duda, la Crítica de la razón práctica puede ser presentada como una biblia para el pensamiento moral de la modernidad, por la sencilla razón de que todavía sigue suponiendo una referencia
inexcusable para nuestra reflexión ética contemporánea, tal como viene a testimoniar la raigambre kantiana de grandes corrientes actuales cual son, verbigracia, la teoría ralwsiana de la justicia y la ética discursiva de Habermas. Todas las teorías morales posteriores al formalismo ético kantiano han ido viéndose obligadas a confrontarse con sus planteamientos, ya sea para criticarlos o asumirlos parcialmente. Incluso sus más preclaros detractores no han dejado de invocar su indiscutible autoridad para reforzar sus propios principios, intentando adaptar las premisas morales de Kant a su posición, por antagónica que pudiera ser ésta. Y es que, como bien ha escrito José Luis Villacañas, «el pensamiento moral de Kant posee una extraordinaria capacidad de fascinación, propia de los enigmas formales, de los grandes puzzles del pensamiento››, aun cuando también sea cierto que su capacidad para seducirnos en el plano teórico lleve aparejada, sin embargo, una incapacidad para motivarnos a la hora de actuar, (Fragmento del estudio preliminar de la obra escrito por Roberto R. Aramayo).